Las mentiras que ya no compran

noviembre 1, 2017

«Más vale una mentira que no pueda ser desmentida que una verdad inverosímil»
Joseph Goebbels-
Encargado de la publicidad del Gobierno de Adolf Hitler

En lo personal, no veo televisión, si deseo enterarme de noticias lo hago buscando en los portales de noticieros y de ahí brinco a corroborar la información, aparte de que la profesión de ser encuestador obliga no solo a enterarse, si no también a evaluar y dar seguimiento. De lo que veo, leo las entre líneas de las notas de los medios de comunicación, los “titulares” y sobre todo, los mensajes ocultos o directos que se envían entre políticos, entre instituciones y gobernantes, entre priistas y panistas, entre morenos e independientes, todos ellos manejan una comunicación muy particular donde lo que en verdad quieren decir es muy subjetivo al mensaje que proyectan. Lo que en la mayoría de los casos paso por alto, son sus “discursos sociales”. Esos mensajes que dirigen en sus estrados a la población en general, donde el político es la estrella, donde duran cerca de 10 a 30 minutos llenos de demagogia, de rutas ambiguas, de palabras genéricas que pueden interpretarse de mil maneras para no generar compromisos, o para que se interpreten como quieran, como los mensajes bíblicos, por ejemplo.

Fuera de ese aburrido formato, que lo bautizo como “discurso social” (que solo ven sus propios militantes o seguidores políticos), me agrada ver las entrevistas picaras no-controladas de los principales periodistas donde ponen a prueba la capacidad de respuesta de los políticos. Uno de los programas que más me llama la atención es “Tragaluz”, donde el formato es básico: exponen al político a preguntas incómodas. De todos los programas que he visto, encuentro una singular particularidad, ninguno de los políticos miente, o al menos eso dicen cuando se les pregunta si mienten. Nadie miente, nadie es incongruente, nadie es deshonesto. Los cerca de 100 principales políticos entrevistados en dicho formato son políticos ejemplares, casi inmaculados.

Reconozco que ese discurso era comprable hace cerca de 20 años, más o menos. Ahora ¿quién se los compra? Sobre todo cuando vemos tantos casos de corrupción de todos los partidos políticos, e inclusive de los “políticos nueva generación” y también los candidatos independientes. ¿Por qué no cambiar el formato? Tampoco me refiero en llegar al descaro como la figura bizarra de “Layín”, quien fuera alcalde de San Blas, Nayarit y en 2017 candidato independiente a Gobernador. ¿Por qué no sencillamente aceptar que pueden mejorar? Que no son ejemplares, que pueden mejorar junto con la ciudadanía (a la cual también nos hace mucha falta).

Definitivamente los políticos no pueden ir gritando mil veces por la calle que no mienten, que son totalmente honestos y congruentes. Intentar negarlo, eso sí es incongruente, sobre todo cuando en nuestra mayoría, como humanidad, todos mentimos. La distancia está en la gravedad de la mentira. La diferencia de decir “llego en 5 minutos” cuando llegarás en 20, a decir “no tengo propiedades” y como político tienes 10 prestanombres.

Actualmente no funciona la negación de la realidad, sobre todo cuando la accesibilidad y velocidad de la información corre de tal manera que es complicado sostener una mentira. ¿Por qué no guiarnos por la aceptación? Por supuesto no se trata de ser un “honesto ladrón”, pero sí de cambiar, de proponer mejoras tangibles, de aceptar que el cambio es una necesidad de uno mismo. ¿Qué tan aceptado se encuentra el formato de ser frontal con la ciudadanía? Considerando que pocos nos encontramos lejos de la dura crítica social, lo más conveniente es saber sortearla, sabiendo aceptar nuestra realidad, sabiendo ser honestos.

Luis Octavio Arias
Director general de Revista32 y Arias Consultores
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